Cuando la mente no se calla: aprender a vivir con la ansiedad
- Jimena Calero
- 5 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 10 dic 2025
La ansiedad no siempre aparece como una tormenta evidente. A veces llega disfrazada de cansancio, de pensamientos que no se detienen, de esa sensación de tener el pecho lleno sin saber de qué. No es ‘’flojera’’ ni ‘’drama’’, y mucho menos falta de fe o de fortaleza.
La ansiedad es una respuesta humana. Es el intento desesperado de la mente por protegerte, incluso cuando no hay peligro.
Pero ¿Cómo se vive con algo que no se ve y que, sin embargo, se siente en todo el cuerpo?. Aprender a convivir con la ansiedad no se trata de eliminarla, sino de escuchar lo que viene a decirte.

La ansiedad como mensaje
Durante años se nos enseñó a ver la ansiedad como un enemigo: algo que debía controlarse, esconderse o medicarse sin más. Pero pocas veces nos dijeron que la ansiedad también tiene un lenguaje.
Cuando la mente se acelera, cuando el cuerpo se tensa, cuando el insomnio se instala, hay algo dentro de nosotros que está tratando de comunicarse. A veces, lo que sentimos como ansiedad es la voz interna diciendo:
‘’Estas viviendo demasiado rápido’’
‘’No te estas escuchando’’
‘’Estas sosteniendo cosas que pesan más de lo que parecen’’.
La ansiedad no es el problema, sino la alarma. Y las alarmas, aunque molesten, existen para protegernos. Aprender a leer sus señales es una forma de reconectar con vos mismo.
El cuerpo como refugio
Cuando la mente no se calla, el cuerpo puede ser el único lugar seguro para volver. Respirar conscientemente, caminar sin rumbo, sentir el peso de los pies en el suelo o el aire entrando por la nariz, son actos pequeños, pero poderosos.
El cuerpo habita en el presente. La mente vive entre el pasado y el futuro. Por eso, cada vez que volvés al cuerpo, la ansiedad pierde un poco de fuerza.
Hay días que nada parece funcionar, en que las técnicas no alcanzan. Esos días también cuentan. Porque el cuerpo, incluso cuando está cansado, sigue siendo un refugio que espera lo escuches.
Volver al cuerpo no cura la ansiedad, pero te recuerda que todavía estás aquí. Y a veces, eso es suficiente para empezar.
La necesidad de control
Una de las raíces más profundas de la ansiedad es el deseo de controlar lo que no se puede. Queremos tener respuestas, entenderlo todo, anticipar lo que podría salir mal. Y cuando la vida no obedece nuestros planes, la mente entra en modo alarma.
Aprender a soltar el control no significa rendirse; significa confiar.
Confortar en que no todo se va a derrumbar si dejás de sostenerlo todo vos. Confiar en que hay cosas que no necesitan resolverse hoy. Y sobre todo, confiar en que incluso en el caos, podés encontrar momentos de calma.
La ansiedad se calma cuando aceptás que no podés prever cada cosa, pero si podés elegir cómo responder a lo que llegue.
Habitar la incertidumbre
Vivimos en un mundo que nos exige certezas, pero el alma humana florece en la duda. La ansiedad muchas veces aparece cuando no toleramos no saber qué va a pasar. Sin embargo, gran parte del crecimiento ocurre justamente ahí: en el espacio incierto entre lo que fue y lo que todavía no es.
La incertidumbre puede doler, pero también puede abrir. Es en ese espacio donde aprendemos paciencia, resiliencia y fe en nuestra propia capacidad de adaptarnos.
Habitar la incertidumbre no es resignarse; es entender que no todo lo que duele está roto.
La ansiedad no desaparece por completo. Algunas personas aprenden a convivir con ella como una vieja amiga que a veces llega sin aviso. Y aunque nunca sea bienvenida, deja de ser tan aterradora cuando la conoces por su nombre.
Cuidarte cuando la mente no se calla es un acto de amor. Respirar, descansar, escribir, hablar o simplemente llorar un poco también son formas de sanar.
No hay prisa. No hay fórmula exacta.
A veces la calma no se encuentra; se construye, respiración por respiración.
Vivir con ansiedad no es rendirse. Es aprender a vivir sin huir de vos mismo/a.




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